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Cuento del I Rally Metropolitano de Escritores

Si yo fuera presidente

-Bienvenidos sean todoos y todaas a esta nueva edición de… ¡Si yo fuera presidente! -dijo Fernando Correa, como presentación del programa de concursos que conducía, desde hace un año, en la televisora canal 7.
-Esta noche tenemos participantes muy especiales. Francisco Hernández, de Delta Amacuro. (Aplausos). María del Carmen Rojas, de Caracas. (Más Aplausos). Gabriel Da Conceicao, de Valencia. (Aplausos de nuevo). Y María Antonieta Pernachio, de Puerto la Cruz. (Aplausos).
Comenzó el juego. La primera ronda era sencilla: tenían que enunciar la forma de llevar a cabo, efectivamente, tres promesas electorales. Un participante con la peor respuesta, sería eliminado. En una enorme pantalla aparecieron tres frases:
1. Disminuir el número de delitos en el país
2. Mejorar el seguro social
3. Mejorar la educación pública
Tendrían 2 minutos para pensar sus respuestas. Correa leyó las frases y dijo la palabra mágica: ¡Tiempo!
Acompañados por una música que imitaba el Tic-Tac del reloj, los cuatro participantes escribían frenéticamente en pequeñas pizarras. El grupo de expertos que juzgaría las repuestas, sentado un poco más allá, esperaba ansioso que se agotaran los dos minutos.
Una alarma indicó que se acabó el tiempo. Sudando frío, Francisco explicó sus propuestas:
-Yo aumentaría el número de policías en todos los rincones del país, de esa forma, los ciudadanos estarían mejor cuidados; le subiría el sueldo a los médicos y enfermeras de los hospitales públicos, y le daría medicinas y cosas que necesitan para tratar a los pacientes. Por último, haría un plan para poner las escuelas y liceos en buen estado y contrataría más y mejores profesores. –Una lluvia de aplausos siguió a su respuesta.
Le siguió María del Carmen. Yo le enseñaría a la gente que robar y matar es malo, haría más hospitales, y pondría más pupitres para que más niños pudieran estudiar. –Dijo ella, seguida de aplausos.
Gabriel fue el tercero. Yo le daría más armas a la gente buena, de forma que evite que la mala cometa delitos. Haría más grande los hospitales para que quepa más gente enferma, y haría todos los colegios de monjas, que son las mejores profesoras -Propuso él, mientras recibía aplausos del público.
María Antonieta fue la última. La verdad no se le había ocurrido gran cosa. Titubió mientras decía: le daría más dinero a la gente para que no tuviera que robar, daría más vacunas para que la gente no se enfermara tanto, y financiaría que más niños fueran a colegios privados. –Los aplausos fueron escasos Correa dijo de pronto:
-Y ahora, vamos a comerciales mientras el jurado delibera. No se muevan de ahí que pronto volvemos con ¡Si yo fuera Presidente!, patrocinado por pollos T, ¡el pollo tofu es su mejor opción!
Los expertos meditaron, no les fue difícil identificar quién se quedaría por fuera.
-Bienvenidos de vuelta a nuestro programa. Hemos terminado la primera ronda y el jurado ha tomado una decisión. Ahora sólo dos participantes seguirán jugando. –Apenas terminó Correa de hablar, la tensión aumentó. Una mujer en sus veintes le entregó una bandeja de plata con un sobre que contenía el veredicto. Correa lo habló, y luego de hacer un sobreactuado gesto, dijo:
-Seguirán jugando... ¡María del Carmen!…y…-Una música prefabricada para crear dramatismo inundó el ambiente- ¡Francisco! Lo siento María Antonieta y Gabriel, pero no pasan a la siguiente ronda.
-Ahora –anunció Fernando- es hora de pasar a la segunda ronda. Cada participante pasará a una sala donde deberá resolver un grave conflicto nacional con ayuda de ministros y altos funcionarios. Tendrán cinco minutos para hacerlo. –Los participantes corrieron a colocarse cada uno en las mesas que le correspondían, tuvieron un par de minutos para entender la situación que tenían que solucionar.
María del Carmen se enfrentó a una inundación. Había llovido por dos días en el país y tenía que encontrar la forma de salvar a la mayor cantidad de gente y de contrarrestar los efectos. Decidió mandar una cantidad enorme de balsas a todo el país para salvar a la gente y mandar a construir casas de bahareque para todos los damnificados. El pueblo silbó para expresar su aprobación.
Francisco debía encargarse de un terremoto. Un temblor de 8,5 grados había azotado a todo el país. Lo daños eran catastróficos y el gobierno no sabía si no se repetiría. El decidió mandar a todos los bomberos, paramédicos, policías y doctores a el operativo de rescate más grande de nuestra historia. Le compró a los supermercados comida y colchones a las tiendas, habilitó cada edificio del gobierno en buen estado para recibir a los afectados y le pagó a los hospitales privados para recibir a las víctimas. El público aplaudió de pie.
Una vez cumplido el tiempo Correa anuncia los resultados de cada uno. Ahora, los expertos deliberaran otra vez. Sólo uno de los participantes pasará a la ronda suicida. Si la completa, ganará un millón de bolívares flacos. –Anunció con falsa emoción.
El jurado ha observado el proceso de cada concursante y ha llegado a una decisión. No pasan a la siguiente ronda… ¡María del Carmen!, lo siento María. Felicitaciones a Francisco de Delta Amacuro. –El público se volvió loco.
Para la ronda suicida, Francisco tendrá que convencernos, en un minuto, de por qué él debería ser presidente –Explicó Correa. Con un micrófono en la mano, Francisco dijo: Lo único que quiero es encontrar buenas soluciones a los problemas que nos afectan, que vivamos mejor, que tengamos calidad de vida, buena educación y salud, seguridad. Que todos ustedes sientan que su gobierno los cuida y trabaja todos los días para hacer de éste, un país mejor. El público aplaudió parado durante cinco minutos, mientras él era llevado tras bambalinas. Dos minutos después se le declaró ganador del concurso pero Francisco había desaparecido.

Una cámara de vigilancia reveló lo sucedido. Dos hombres vestidos de fucsia obligaron a Francisco a entrar en una camioneta amarillo pollito que esperaba en la salida trasera del canal. La placa del vehículo rezaba “de uso oficial”.

El noticiero de las doce anunció rumores que todos conocían: el ganador de Si yo fuera presidente era el nuevo asesor del primer mandatario nacional.

Cuentos del I Rally Metropolitano de Escritores

Se ha ido para siempre


En un viejo tocadiscos suena una canción olvidada. Un señor entrado en años apoya el codo en el mostrador de su sastrería, que ha estado en el mismo sitio desde la época de Medina Angarita. Tararea gustoso un bolero de la Billo`s que lo trasporta a otros tiempos, mientras evoca aquellos lugares que tanto amó y que ya no existen. Aquellos espacios de Caracas que marcaron pauta.
Escucha “Sueño de Caracas” y en sus ojos brilla la juventud ya pasada. Con profunda nostalgia, relata a quien quiera escucharlo la historia de todo aquello que se desvaneció en el tiempo. Especialmente, la de un restaurant que “se ha ido ya”: el “Jaime Vivas”. Sus manos, aún firmes para cortar la tela, quisieran pintar a los visitantes aquel local de comida criolla que se encontraba diagonal a la Clínica Razetti, al final del Puente República.
A medida que avanza la canción desteje el hilo de sus memorias. Ahora tiene treinta años y llega hambriento a comer en Jaime Vivas. Se sienta con agrado en los muebles de madera rústica que pueblan el lugar. Va acompañado de sus amigos y deciden comenzar tomando, como es costumbre, una cerveza bien fría.
El servicio de los mesoneros es impecable, y en un segundo revisa la carta con verdadero gusto. Mondongo, sopa de gallina con apio, como no existe en toda la ciudad, y el mejor bistec encebollado, con las cebollas doraditas, constituyen una oferta que le hace agua la boca. Se decide por el bistec, mientras piensa que no hay, en toda Caracas, un lugar que tenga un sabor y una sazón como el de aquel pequeño local.
La comida preparada en ollas enormes se sirve en una vajilla muy simple. Llega calientita a la mesa con su aroma inconfundible y, en una época que antecede al televisor, con la radio apagada y sin música ambiental, la conversación ocupa los espacios entre cada bocado. Ríe con sus compañeros, feliz, en un ambiente de informalidad que surge de los manteles individuales de papel, y se pasea entre los comensales que prescinden del traje y la corbata.
Terminado el plato fuerte pide su postre: dulces criollos de verdadera tradición. El quesillo y el dulce de lechosa son maravillosos, y combinan perfecto con un café negro o un guayoyo. El reloj señala que es casi medianoche y el lugar está más vivo que nunca. A su alrededor conviven gente del Country Club, que llega a comer luego de una elegante fiesta, los trabajadores cansados y los camioneros que le sacan la masa a las arepas para echarla en el mondongo. Como en ningún otro sitio, se llevan perfectamente.
A pesar de la hora sigue llegando muchísima gente y eso impide la sobremesa. Los caraqueños hambrientos copan la barra y esperan con impaciencia una mesa. No es de extrañar la popularidad del restaurant, pues nada hay que se le compare, pues es el único que sirve comida especial y deliciosa que rinde tributo a la tradición culinaria de estas tierras. Se despide familiarmente del amable y siempre presente dueño, Jaime Vivas, de los mesoneros, y hasta de otros clientes: el público cautivo de aquel lugar forma una gran familia de muchos años.
Se escuchan los últimos compases de la canción y la sonrisa del sastre se desvanece de pronto. Comenta que, según dicen los rumores, en algún momento murió Jaime y con él su restaurante. De pronto, todo aquello se hizo recuerdo y aquel sitio maravilloso se convirtió en un Burger King de asientos azules y comida plástica. Le da la vuelta al disco y la canción vuelve a empezar.
Ahora un local en Sabana Grande intenta imitarlo, pero no es lo mismo -expresa él, al tiempo que niega con la cabeza. Mientras la Billo`s afirma que “se me ha ido mi ciudad”, el sastre derrama unas cuantas lágrimas por Jaime Vivas que fue, más que un restaurant, un ambiente abierto y sencillo. En su corazón aquel señor aún siente el llamado de sus platos y piensa, dolido, que “Han cambiado mi Caracas compañero” y con Jaime se ha ido, para siempre, un sueño caraqueño.

El video de la canción:

http://www.youtube.com/watch?v=bRdtxgJsNJE&feature=PlayList&p=38B896615892B877&index=0


Casos poco comunes


Cualquier parecido con la realidad...es pura coincidencia!


Cartas Suicidas


Último Acto
“Tomé el guión con manos indecisas, sabía perfectamente lo que diría: yo lo había escrito. Recorrí una a una las páginas leyendo las intervenciones de Rafael, mi personaje. A medida que me acercaba al final rememoraba con detalle todos los seres que había creado con mi pluma, y a todos aquéllos que me habían poseído en los escenarios durante fugaces noches. Quedaban tan sólo algunas páginas, muy pocas, para el gran final de mi obra biográfica. Los amores, el éxito, el reconocimiento, la fama, la familia, los premios, la soledad, el principio y el final de mi vida artística, se mezclaron en un torbellino, y la última página del guión me alcanzó sin poderlo evitar”, dijo Francisco Cabrera desde las tablas, en el instante mismo en que se derrumbó en el escenario. El público aplaudía esperando que bajara el telón. Fue sólo minutos más tarde, mientras Cabrera permanecía aún inmóvil sobre el escenario, que, en el máximo estupor del que éramos capaces, entendimos dolorosamente lo que estaba sucediendo: aquel monólogo final resultaron ser sus últimas palabras, y el guión de la obra que aún yacía junto a él, abierto en la última página, su carta suicida.



Suicidarse no es una de ellas
Hay cosas fáciles de hacer en esta vida: suicidarse no es una de ellas. Que te lo digo yo que lo he intentado de todas las formas y aún sigo viva, viva como para escribir esto que tienes en tus manos. Durante mis treinta y dos años de existencia he logrado todo lo que me he propuesto, he viajado por todo el mundo, estudiado las carreras más complicadas, incluso, permanecí un año en completo aislamiento en la cima de una montaña del Tibet. Y ahora, justo ahora, que me he propuesto suicidarme, simplemente, no puedo. He decidido intentarlo por última vez: contraté a un piloto temerario para que me lleve a dos mil metros de altura, desde donde brincaré del avión, sin paracaídas, sobre la Francisco de Miranda. Si tú, quien quiera que seas, encontraste esta carta, amarrada al ladrillo que tiraré mientras desciendo, has de saber que dejo en tus manos el deber de revelar al mundo que yo, Valentina Hernández, por fin logré mi objetivo.

Una Historia




Este es un cuento basado en una historia real, los nombres han sido cambiados, y los detalles son producto de mi fantasía. ¿Es este el país que queremos?¿De verdad nos hemos convertido en esto?


A punta de escopeta



Desperté sobresaltada, el reloj marcaba que eran pasada la una de la mañana y un ruido desacostumbrado y repetitivo me había sacado de mi profundo sueño. Me tomó un par de minutos darme cuenta que aquel ruido provenía de mis mascotas: cinco perros, todos de razas diferentes, que ladraban con ferocidad. Me limité a abrir la ventana y gritarles con voz autoritaria que hicieran silencio. Lo único que logré fue que ladraran con más fuerza.
Lo que sucedía afuera, según supe después, era otra historia. Los perros habían percibido varios cuerpos que, inmóviles, esperaban en la oscuridad. Cuerpos expectantes que sudaban adrenalina. Eso olían los perros, llevándolos a ladrar con toda la potencia de la que eran capaces, desesperados por hacernos saber que había dos hombres dentro de nuestra pickup y tres más escondidos entre los árboles que bordeaban la calle, armados con escopetas. Nunca me perdonaré no haberlos tomado en serio. La verdad es que los ignoré y en pocos minutos dormía profundamente.
Algo me despertó: sonaba el teléfono. La voz entrecortada de mi vecino me relató algo tan inverosímil que incluso me pregunté si no estaría soñando. Más que un sueño, era una pesadilla. Mi vecino y amigo, Alfonso, es una persona normalmente fría y de temperamento calmado, que ahora me pedía, al borde del llanto, que lo ayudara porque algo terrible había sucedido. Me vestí rápidamente y salí a la calle.
Ahora, frente a frente con Alfonso, su historia tomó forma y se hizo real: habían secuestrado a su hijo. Recordé en una fracción de segundo todos los años que tenía conociendo a aquel chamo, ahora un adolescente de dieciséis años. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el celular de Alfonso que sonaba. Atendió.
-¿Aló?
-Tiene una hora para conseguir quinientos millones o matamos a su hijo. Lo seguiremos llamando.
Soy psicóloga, pero no hace falta tener un diploma para entender la profunda desesperación que embargaba a mi amigo. Lo tranquilicé. A estas alturas la urbanización entera estaba despierta. Comenzó un operativo tenso, veloz, y plagado de terror, para reunir la mayor cantidad posible de dinero.
El celular volvió a sonar. Alfonso estaba fuera de sí. Me valí de mis conocimientos y lo guié a través de la segunda conversación con los secuestradores. Buscábamos apaciguarlos.
-¿Sí?
-Quedan cuarenta minutos. Quinientos millones.
-Lo que quieran con tal de que no lo lastimen.
-Eso depende únicamente de que nos pague.
-Lo haré.
Trancaron. La tensión crecía, pasaba el tiempo y no estábamos ni cerca de reunir la suma acordada. Los secuestradores siguieron llamando, cada diez minutos, para recordarnos que el tiempo se acaba.
-Tic Tac. Quedan veinte minutos. La vida de su hijo depende de usted
Se acabó el tiempo. De alguna manera el dinero recogido sumaba cien millones. Temblábamos de pánico en espera de la próxima llamada. El silencio tenso en que nos habíamos sumido fue roto por un sonido que ya se nos hacía familiar.
-¿Tiene el dinero?
-Tengo cien millones
-Eso no es suficiente
-Es todo lo que pude conseguir, es mucha plata–dijo Alfonso, repitiendo las palabras que yo le susurraba.
-Está bien. Móntese en el carro. Mantenga el celular prendido y lo iremos guiando. Venga solo, si llama a la policía o intenta alguna trampa, le pego un tiro a su hijo.
Alfonso obedeció sin pensarlo dos veces, prendió el carro y salió de la urbanización. Me contaría luego que aquellos hombres lo guiaron a través de toda la zona, haciéndolo cruzar una y mil veces, atravesando callejones solitarios, hasta hacerlo perder el sentido de orientación. Finalmente, le indicaron que se parara en la próxima esquina, que se bajara del carro y que colocara el dinero en el piso. De la oscuridad salió una figura que tomó el paquete, y corriendo desde el final de la calle, su hijo.
Pasé los siguientes días desconectada de la realidad, temerosa, frágil. La tranquilidad que me permitía dormir cada noche había sido secuestrada, entre ladridos, a punta de escopeta.






"Recordaremos por siempre"




He tomado una decisión drástica: no seguiré haciendo este blog tan impersonal. Si de algo me quejo a diario es de que hay tanto que quisiera escribir y no encuentro el espacio. Así, que ahí va un pequeño desahogo, una de esas discusiones mentales "Conmigo" que me pasan por la cabeza todo el día y tienen como consecuencia que se me caigan las cosas a cada rato, que siempre esté a punto de pasarme la parada o, simplemente, de que me pase ratos largos con la mirada perdida sobre tierra de nadie...

He aprendido, con el tiempo, con el pasado, con lo impredecible, que los momentos especiales no son como los pintan, hollywood nos ha llenado la cabeza de momentos con música de fondo y fuegos artificiales ficticios, para marcar los momentos que se supone "recordaremos por siempre". Con esto no quiero ser cínica, ni mucho menos, es sólo que cuando comprendes lo corta que es la vida, y lo fortuito de los encuentros que la componen, comprendes también que tan importante es cada segundo, cada instante, cada momento.

De un tiempo para acá he aprendido a disfrutar esas pausas en las responsabilidades, que constituyen los verdaderos momentos especiales en la vida, a continuación les enumero alguno de mis favoritos...

- Cuando despierto en la mañana, y veo a través de mi ventana a Caracas amanecer, sobre las torres de Parque Central y del Banco Provincial.

-El metro: que lugar tan particular, en los 4 o 5 minutos diarios que paso dentro de los vagones, aprendo más que en días...toda la gente, la diversidad, las posibilidades, las historias que pudieron ser y que nunca sabremos si fueron ciertas, reunidas en un armazón de metal que viaja, cual gusano, por debajo de la ciudad que tanto amo a velocidades inverosímiles: de Bellas Artes a la California en 20 minutos...

- La UCV cuando está en silencio, pacífica, a eso d las 6 y algo de la mañana, pareciera salida de un cuento de hadas, a veces pienso que de un momento a otro las estatuas me darán los buenos días y los edificios suspirarán agotados de la intensa vida universitaria que llevan...

- Si algo me hace feliz es tomarme un par de instantes, robados del apuro citadino, para ver Plaza Venezuela con detenimiento, a cualquier hora es increíble, cuando me paro en la Plaza misma, donde en otros tiempos estaba la fuente que me enamoraba con sus colores, siento que el mundo se pone en hold y que Caracas, como alguien a quien quieres profundamente, a pesar de sus errores y defectos, es la ciudad mas bella del mundo...

- La gente ucevista es algo maravilloso, es como si Venezuela se quedara del arco para fuera, todo el mundo esta dispuesto a conocerte, a compartir contigo la mesa del comedor, los espacios de Tierra de Nadie, el conocimiento, la comida del pasillo de derecho y las posibilidades infinitas de los libros del pasillo de ingeniería y de la Biblioteca Central...

- De los ucevistas destacan mis compañeros de comunicación, creo que excepto en mi casa, jamás me había sentido tan perteneciente a algo como lo hago en ese edificio de tres pisos, que cobra vida con los profesores y estudiantes a los que sonrío en los pasillos y que me saludan con cara de sueño todos los días: Hola Jessi, ¿qué más?

- No quiero tener favoritismos, disfruto enormemente la compañía de todos los comunicadores y aprendo de cada uno de ellos tanto o más que en las aulas, pero hay dos personas que me alegran el día y se las apañan para hacerme reír a carcajadas aunque sólo tenga ganas de llorar y que, a pesar de conocerme hace relativamente poco tiempo, me dan su cariño, su confianza, y me han abierto las puertas de su casa y de su vida, estas personas particulares saben quiénes son...sí verdad??, a uds. gracias por todo, sé que el resto de mi vida recordaré los momentos juntas las tres, mejor dicho, los recordaremos juntas cuando nos reunamos, como haremos todas las semanas, para tomarnos algo mientras nuestros esposos cuidan a los chamos...

- A los días se los lleva el viento, pero los recuerdos quedán en la piel, en los espacios incautos de nuestro corazón que anhidan con orgullo esas imágenes, sonidos, sensaciones, olores y espacios que se cuelan por debajo de nuestra cotidianidad y rutina. Hace un par de semanas supe con certeza que estaba ante uno de esos recuerdos, mi mamá sentada ante la computadora, fumaba un cigarrillo, mientras hacía algo que bien podría ser un juego por internet como un arqueo de fuentes sobre Luis Britto García, yo me voltié desde el sofá para decirle algo, pero la frase nunca salió de mis labios, pues cuando ella me miró a los ojos interrogante y me sonrío supe con certeza que, más allá del pase de los años y del ciclo natural de la vida, mi mamá sería para mí, por siempre, la mujer de ojos verdes, expresivos como los de una niña, sonrisa de dientes blancos, cara pecosa y con holluelos, cabello desordenado con ebras doradas que le caía sobre la cara inconscientemente, que me miraba como si yo fuera algo increible y que esperaba que yo dijera algo trascendente. Solo pude articular un par de palabras: no nada mami, sólo quería saber si vas a ver ese programa....

-Tengo dos maravillosos mejores amigos, a veces me pregunto que tenemos en común, pues estudiamos respectivamente: yo, comunicación, él1 medicina, él2 contaduría. Hay quién diría que si no hubiesemos quedado juntos en el mismo salón hace años, jamás nos habríamos hablado siquiera. Pero lo importante de ellos es lo increibles que son.
Él1 es un apoyo invalorable, siempre dispuesto a escuchar, a darme un abrazo o sonreirme con timidez, es un hermano con el que comparto una amistad sincera, llena de confianza, de risas y de secretos que compartimos. Es generoso hasta el punto de recordarme a Don Regalón, y siempre tiene una frase valorativa y agradable en la punta de la lengua, es un niño grande que me sorprende siempre con su ingenuidad e inocencia, a veces me pregunto: ¿qué pensará de mí?. Sé que lo quiero mundo y que siempre será así, será padrino de mis hijos y mi médico de cabecera.
Él2 es mi gran confidente, hablar con él es como si conversara conmigo misma, es super sencillo decirle todo lo que siento y pienso pues jamás me juzga y siempre está dispuesto a escuchar (o leer), con detenimiento los avatares de mi vida y a aconsejarme muy oportunamente. Es de esas personas que te hacen preguntarte que habrás hecho tan bien como para que Dios te diera la oportunidad de formar parte de su vida. Necesitaría como tres entradas más para describir todas sus características, pero lo más importante es que es de las personas más inteligentes que conozco, sensible, dulce, algo retraído y tímido, puede ser realmente cómico y agradable. Siento que tenemos una vida siendo mejores amigos, pues le he contado casi todo lo que he me ha pasado desde que vine al mundo, y el me ha abierto las puertas a su compleja pero increíble persona, aunque aún siento que queda mucho de él por descubrir....
Si alguna vez leen ésto, sepan que los quiero muchísimo y que faltan palabras para agradecerles la oportunidad única de haberlos conocido y haber sido parte de sus vidas hasta ahora.

-Por último, tengo que decir que amo profundamente mi casa, no por los muebles ni las paredes, ni el techo ni el patio, la amo porque regreso a ella todos los días, luego de la universidad, el trabajo y quién sabe qué más, y siempre, detrás de la multilock, encuentro mi hogar, decorado con recuerdos de viajes, adornos heredados, fotos familiares de otros tiempos, una enorme cantidad de libros y la prescencia de dos personas que quiero con toda el alma: mi mama y mi hermano, mis compañeros de vida, de viaje, de películas, de sofá, de almuerzo, de crísis y de felicidad, juntos somos un trío sin igual, que se encuentra hacia las 9 pm en los sofás azules y mullidos de reciente adquicisión para dedicar tiempo a estar juntos mientras algún programa forense tiene lugar...

Tengo que decir que éstas son algunas de mis cosas favoritas, la lista sería interminable, lo que quiero con ésto es invitarlos a disfrutar los pequeños momentos, esos que son cotidianos o duran tan solo instantes, pero que nos acompañan en el metro, en el exterior y en el dolor, y nos recuerdan que la vida no sólo vale la pena, sino que es, por decir lo menos, asomobrosa.

P.D: ésto no ésta organizado por más órden que el de mi creatividad...

Tacones de rojo potente




Mi teléfono sonó cerca de la medianoche: era un mensaje de texto marcado “urgente”. Mi primer instinto fue ignorarlo y seguir durmiendo, pero algo me decía que debía leerlo. El texto era breve y, sin embargo, decía mucho: “Sé que no debimos hacerlo, pero no consigo arrepentirme. Gracias por mantenerlo en secreto”

Lo sucedido aquella mañana llegó a mi mente como un bumerang…

Me acercaba a ellos con paso lento, quería saber a qué atenerme, y sus rostros me lo dirían de inmediato. Sonrieron. Buena señal. Ocultarles eso fue difícil, más no había de otra. ¿Será que sospechan algo? ¿Cómo saberlo?

- ¡Epaaa meen! ¡Buenos días! ¿Cómo está todo? –me preguntó él.
- ¡Víctor! ¡Hola! –me saludó ella con picardía.
- ¡Buenas! ¡Bien, bien! ¡Con un sueño! –respondí luego de respirar profundo.

No escuché nada de lo que decían mientras caminaba con ellos por el pasillo. No fue hasta que oí mi nombre que aterricé en la conversación.

- Víctor, y tú ¿Qué hiciste anoche?

La pregunta de los cien millones. Fue una noche, un error, un desliz. Algo así le sucede a cualquiera. ¿Ella les habría comentado? El corazón se me aceleraba. Las sensaciones, las imágenes, los sonidos…todo se agrupaba en el torbellino que me pasaba por la mente en aquel momento. Dominé mis pensamientos por un instante para responder:

- No mucho, me aburrí al extremo, la verdad.

Una mentira descarada. ¿Se la habrían creído? Una sonrisa provocadora, una caricia “involuntaria”, unos tacones de rojo potente. ¡No debí!, me repetía, cuando un nombre pronunciado de repente me atrajo.

- ¿Y Andreína? –preguntó ella frunciendo el ceño –no la he visto hoy… –dijo casi en un susurro mientras me miraba de reojo.

¿Qué responder? Sabía perfectamente donde estaba ¿Cómo explicarles? La culpabilidad era cada vez más grande, ya no podía casi respirar. Algo debían saber. Un susurro apropiado en el oído. El alcohol en las venas. La oscuridad. Respondí como un autómata:

- No la he visto desde ayer en la mañana.

De pronto, el mundo se detuvo por unos instantes. Ahí estaba ella. No había escapatoria: tendría que contarles lo sucedido.

-Chicos…-tartamudeé con esfuerzo.

-Ajá –dijeron casi al unísono

Ni un sonido salió de mi boca.

- ¡Víctor…es para hoy! –refunfuñó él.

La frase final no llegaba, y cuando por fin reunía el valor para contarlo todo, Andreína y su contoneo de caderas se acercaron a nosotros con presteza. Me quedé clavado en el sitio, debí salir corriendo. Lo saludó a él, la saludó a ella. Se volvió hacia mí, y casi imperceptiblemente, me guiñó el ojo diciendo:

- ¿Y tú que cuentas Víctor? ¿Fuiste al final a casa de tu primo anoche?

En la oscuridad de mi cuarto solitario la pantalla del celular resplandecía. Escribí tan sólo cuatro palabras y le di a enviar: “Yo tampoco me arrepiento”. Seguí durmiendo con la tranquilidad de que aquella noche sería nuestro pequeño secreto
.

¿Y ahora?

¿Y ahora?

-¿Y ahora qué hacemos?
-Llama al 911.
-¡No tengo señal!
-¡¿Cómo que no tienes señal?! ¡Yo tampoco tengo!
-Lo que faltaba ¡Debimos haber bajado por las escaleras! ¡Ahora estamos en esta caja de metal a quince pisos de altura sin la más remota idea de qué está pasando! -exclamó Fernando furioso.
- No creo que se trate simplemente de que nos quedamos entre dos pisos… -murmuró Rafael.
-¡Ahora te pones fatalista!
-¡Piénsalo! no tenemos señal, se oye algo como gente corriendo ¡escucha!, y además no puedo mandar e-mails –dijo Rafael mientras pinchaba una y otra vez la pantalla de su palm con el ceño fruncido.
-Bueno, yo no sé tú, pero yo no tengo intenciones de quedarme en esta caja más tiempo, así que voy a gritar para que nos saquen de aquí: ¡AUXILIOOO! ¡AYÚDENNOSSS! –gritó Fernando desesperado.
-¡Fernando, cálmate por favor!, con eso no logras nada, ¡pensemos con calma!, yo creo que hay un apagón en el edificio que seguro resuelven rápido, o si no nos sacan los bomberos de aquí –dijo Rafael aparentando una calma que no sentía.
-¡Pero pueden tardar siglos!
-Entonces busca algo con que pasar el rato, con qué entretenerte, yo voy a terminar este informe mientras tanto –dijo Rafael mientras se concentraba en su palm.
-Ni modo- refunfuñó Fernando-. Yo voy a oír la radio –murmuró.
Pasó cerca de una hora. Fernando pasaba de una emisora a otra oyendo música hasta que exclamó:
-¡Rafael! ¡Con razón!
-¿Ajá?
-¡Hubo un apagón!...!En trece estados!
-¡¿Qué qué?! –gritó Rafael, que ahora escuchaba a Fernando con atención.
-¡Sí! ¡Sí!, hubo un apagón,...aja, que mantengamos la calma, parece que todo es un caos, la gente caminando por la calle ¡jajajaja!, no hay comunicaciones, eso lo explica, los comercios cerrados, ¡el metro parado!…aja…que mantengamos la calma, sí, ya entendimos, el gobierno no dice ni pío y ¡el país vuelto un desastre! –dijo Fernando a medida que escuchaba lo que se anunciaba en la radio.
-¡No puede ser!, ¡lo que faltaba!
-Ya va Rafael, cállate un segundo….creo que oigo voces…
-Se llama locutor Fernando –dijo Rafael exasperado.
- Que gracioso, no vale en serio, oye…
-¡Oigan!, los que están allá adentro, somos los bomberos y ya vamos a sacarlos –gritó una voz lejana.
El ascensor descendió al piso 14, donde unos forzudos bomberos forzaron las puertas hasta dejar salir a Fernando y a Rafael, a un pasillo donde la única luz era aquélla que entraba por los paneles azules del edificio. Catorce pisos más abajo, la población incomunicada, sin medios de transporte y con todos los comercios cerrados, dejaba de lado las reglas y códigos y se lanzaba a llenar autopistas y avenidas en un desesperado intento de llegar a sus casas. En realidad escapaban, por unas horas, de una existencia monótona controlada por la tecnología
.