Lo primero que recibe al visitante son las impresionantes distancias que lo separan de su destino. La mirada serena de Luis Enrique se tropieza con nuestro grupo. Intuye de inmediato que no somos los típicos viajeros. Queremos llegar a un lugar nuevo y desconocido.Pronto nos ofrece llevarnos a un espacio único: Río Escondido.
Nos embarcamos en su viejo jeep blanco. En pocos segundos aparecen las curvas sinuosas y la velocidad vertiginosa. Al principio el silencio reina, poco a poco Luis Enrique empieza a contar su historia. Es un galipanés como los demás conductores. Ama a su tierra profundamente y hace todo el esfuerzo posible por mantener ese paraíso que se alza sobre Caracas: el Ávila.
Comenta con orgullo que la cooperativa de la que participa realiza limpiezas periódicas de la carretera y sus adyacencias. En aquellos hermosos parajes la basura no es sólo un problema estético, y a la contaminación se suma que una botella puede provocar un enorme incendio. Aquella frase queda resonando en nuestras conciencias, hasta que notamos que hemos dejado atrás todo vestigio de civilización. Estamos envueltos por la paz y el silencio. Vamos dejando de hablar, sentimos la magia que se desprende de cada hoja en nuestro camino.
De pronto, paramos. Una hermosa cierva nos bloquea el paso mientras come pasto con delicadeza. Nos bajamos para observarla sin hacer movimientos bruscos. Descubrimos que está embarazada. Ella, testaruda, se niega a moverse por media hora. Continuamos nuestro recorrido y en poco tiempo llegamos a Río Escondido.
Caminamos durante veinte minutos hasta encontrarnos con un paisaje encantado. Una pequeña cascada de aguas cristalinas continúa en un río hermoso, rodeado de copeys, almendros y orquídeas de todos los colores. Nos bañamos durante largo rato y disfrutamos del ambiente. . La densidad del follaje nos impedía ver el cielo, pero nos acostamos en la grama a mirar al sol pasar entre las ramas. Almorzamos, y al rato emprendimos el regreso al punto donde Luis Enrique nos recogería.
Él llegó con cara de profunda preocupación. Dijo que la irresponsabilidad de un grupo de visitantes produjo un incendio, y que Imparques y los bomberos lo tenían controlado, pero los daños eran importantes. A medida que fuimos bajando hacia Cotiza, el humo y las llamas se hicieron visibles. Nuestro punto de partida estaba poblado de camiones de bomberos y jeeps que se preparaban para subir. Nos pidieron que despejáramos el área.
Regresamos a Caracas, a la caótica y maravillosa Caracas, mientras el humo del Ávila invadía los cielos de la ciudad. Horas más tarde, nuestra montaña exhibía una negra y dolorosa cicatriz en una de sus laderas.
Mira atónito un letrero. Extasiado, está parado en una esquina. El motivo de su asombro es el nombre de la avenida, escrito en letras blancas: Francisco de Miranda.
Trascurridos dos siglos, Miranda ha resucitado. Su estatua de El Paseo Los Próceres ha cobrado vida e iniciado un largo viaje por una ciudad que, tanto tiempo después, no reconoce como Caracas.
Francisco recorre el Paseo. Al principio se concentra en las fuentes, escaleras, y en las otras estatuas que lo componen luego, de repente, descubre a Caracas. Observa con asombro aquellos puntos de colores que son los carros, y se pregunta constantemente que ha sido de los caballos y carruajes. Por todas partes marchan hombres vestidos de verde y por un segundo siente que es un batallón, como los que hace tiempo no guía.
Aunque ha caminado bastante, sigue sin entender dónde se encuentra. ¿Será que me han liberado?, se pregunta. Lo último que recuerda es su celda en la Carraca, su plan de escapar a la libertad que se merece. Parecería que lo ha conseguido. Sin embargo, aquello no es España. El palpitar de aquella ciudad es diferente, casi mágico.
Observa hombres y mujeres que no se visten como deberían. Un muchacho pasa rozándolo a toda velocidad, montado sobre un pedazo de madera con ruedas al tiempo que, viéndolo, murmura“Bicho raro”. Lo mira por unos segundos y podría jurar que, en el centro de su cabeza, su pelo desafiaba insistentemente la gravedad. Los Próceres llega a su fin, pero él no se detiene. Continúa caminando en su intento de descubrir dónde se encuentra.
Han pasado las horas y Miranda está en la avenida Río de Janeiro. Camina junto a un río lleno de basura que le parece vagamente conocido. Más allá de los puntos de colores puede leer anuncios tan extraños como “Centro de Servicio Sony” o “Party George”. En aquella avenida siente el ritmo que marcan, en conjunción perfecta, los espacios y los individuos, el ruido y el silencio, el concreto y los árboles.
Se encuentra rodeado de estructuras verticales con ventanas. De una estructura marrón emerge, a seis metros de altura, una señora que tiende ropa. Pasmado reza para que no se caiga. Al levantar la vista descubre otras estructuras, éstas, aunque horizontales, se alzan varios metros sobre su cabeza, y por ella circulan los puntos de colores.
Llega a una esquina donde un elemento amarrillo emerge del suelo. Éste tiene ramas con frutos que parpadean con colores rojos, verdes y amarillos. Junto a el un hombre con sombrero de hongo blanco mueve los brazos en frenético baile, y los carros siguen la trayectoria de sus movimientos. Huyendo de aquella escena, obliga a un punto de color a parar en seco su trayectoria, mientras de él emerge un individuo barbudo que, exaltado, le grita: ¡Chico quítate! ¡Tas atravezao! A lo que Miranda responde: “No seáis vos tan indecente, en todas las ciudades del mundo privar la libertad debe, en cuanto es el humano libre de transitar por estos mundos de Dios”, con aplomo y gallardía. Dicho esto, corrió despavorido.
Atraviesa un puente sobre el río y emprende la subida de una inclinada cuesta. Las estructuras verticales se hacen más altas y de vidrio. Diversos olores de comida invaden el aire mezclados con un humo que le recuerda los cañones. Escucha al vuelo una conversación que dos mujeres mantienen pero no entiende nada: “si mija, hasta la harinapan está carísima. Ya no sé qué vamos a hacer, los realitos del sueldo mínimo no alcanzan pa` na”
El día ha ido pasando y la tarde se cierne sobre aquella ciudad. De pronto, un monstruo metálico gigantesco decide detenerse junto a él. Del interior de aquella bestia proviene un ruido que nunca había escuchado: “Altamira, losruices, loscortijos, laurbina, petareee”. En vez de huir, un grupo de personas corre hacia el monstruo y se mete en él con premura.
El ruido sube de tono. Los puntos de colores se encuentran todos en fila y producen un sonido irritante y continúo. Sólo su cabeza retumba tanto como el piso. Escapando de aquello llega a una zona particular. Estructuras bajitas, algo añejas por el tiempo, exhiben objetos detrás de grandes vidrios, algunas tienen muñecos de colores que cuelgan frente a la puerta, de la mano de adultos, los niños los señalan con ilusión.
Una lluvia copiosa lo agarra desprevenido. Quedó empapado. Logró a duras penas refugiarse bajo el techo de una estructura con una “M”, amarilla y gigantesca, que la coronaba. Observó repetidamente a hombres que se cubrían la cabeza con un papel al que llamaron “periódico”. Aunque no eran como los que conocían, si tan sólo pudiera hacerse con uno de ellos o una Gazeta, podría saber dónde se encontraba.
Cuando escampó continuó caminando. Descubrió de pronto una caja metálica de cuyo techo colgaban algunos periódicos. Tomó uno pero, antes de alejarse, una mujer emergió de la caja y le gritó que pagara. ¿Pagar?, ¿Con qué?, la señora, molesta de verdad, le respondió que con Bolívares Fuertes. Se detuvo en seco ¿Bolívares Fuertes?, ¿Qué tiene que ver el Libertador con todo esto? Finalmente se alejó tanto que ya no oía las protestas de la mujer.
Ahora leyó el periódico que había tomado. No era una Gazeta, pero servía. En su distracción chocó con un palo metálico que emergía del piso y el periódico se regó por todos lados, mientras el viento se encargaba de llevarlo lejos. Esa no sería la pista. Continúa recorriendo. De pronto, una imagen maravillosa se perfiló ante él: El Ávila. Sobraron las palabras para explicar qué ciudad era aquella, sólo Santiago de León de Caracas se extendía a las faldas de tan hermosa montaña.
No obstante, aquello no podía ser Caracas. Sabía que su estancia en la Carraca había sido larga, pero en tan pocos años su amada ciudad no podía haber cambiado tanto. Se sentó en un banco de una extraña plaza a reflexionar, una plaza con un obelisco de considerable altura en el medio y una fuente que parecía una cascada. Ahí permaneció hasta que empezó a ponerse el sol.
Cuando la noche lo envolvió todo, decidió seguir caminando. Ahora no mira aquella ciudad. Ignoró lo que lo rodeaba por largo rato, hasta que un letrero en una esquina capta su atención. El motivo de su asombro es el nombre de la avenida, escrito en letras blancas: Francisco de Miranda. Un poco más allá, un letrero grande rezaba también “Miranda” y debajo de él, se extendía un inmenso parque.
Parado, ahí, no sabía que creer. Aquella era una ciudad inacabada, pero también increíble, prodigiosa, pujante, para la cual él parecía ser importante. Tal vez no fuera la Caracas a la que estaba acostumbrado, pero era una ciudad en la que estaría dispuesto a continuar caminando.
Cuento del I Rally Metropolitano de Escritores
Necesito una ambulancia
Una llamada lo cambió todo. Sólo atender el teléfono desató un pandemónium que duraría muchas horas. Mi primo llamó llorando y lo que decía se perdía en los efectos de su situación. Mientras marcaba el 911 desde mi celular, temblaba. “Esto no puede estar pasando” -me dije. Me invadió el profundo terror de que, a sus 35 años, mi primo se muriera de una sobredosis. La voz de la operadora me preguntó mi emergencia; con un enorme esfuerzo controlé mi voz y le dije que necesitaba una ambulancia. Me comunicó y una voz masculina dijo: “Bomberos Metropolitanos”. Expliqué con dificultad que mi primo tenía una sobredosis de cocaína, y que necesitaba una ambulancia que lo trasladase a un centro médico. Me aseguraron que llegarían, al edificio donde reside en la Av. Libertador, en 20 minutos. La reacción de mi mamá fue la más lógica: pensó que deberíamos asegurarnos que pudieran atenderlo. Febrilmente fuimos llamando a los hospitales. Clínicas Caracas, Centro Médico, Santiago de León, la Esmeralda, Santa Sofía, Él Ávila, fueron tan sólo algunos con los que nos comunicamos. La emergencia de la gran mayoría estaba colapsada, varias dijeron que no aceptaban drogadictos. Entramos en pánico, ¿a dónde lo llevamos?, nos preguntamos con impotencia. Habían pasado 25 minutos, llamamos a mi primo y no lo habían buscado todavía. La tensión subió y decidimos montarnos en el carro y llevarlo, a donde fuese, nosotras mismas. Hubiese sido una gran idea si no fueran las 5:30 de la tarde. Nos tomó casi cuarenta y cinco minutos llegar hasta donde vivía. Sin embargo, en el camino la suerte nos sonrió: una ambulancia de los bomberos metropolitanos quedó junto a nosotras en un semáforo. Les explicamos nuestra emergencia y diligentemente llamaron a la central. Aunque el semáforo cambió nos quedamos paradas y los cornetazos no se hicieron esperar. Dijeron que la ambulancia se había perdido, que no conseguía el edificio. Les di una referencia impelable: hacia esquina en la bajada hacia El Bosque. De ahí en adelante mi mamá pasó de la conductora pacífica y cívica que ha sido siempre, a una piloto endemoniada que se escurría entre los carros a una velocidad vertiginosa, mientras yo estaba en contacto con mi primo por el celular. Repasé mentalmente los efectos de la cocaína, recordando la charla antidrogas que me dieron hace tres años: Una alta dosis de cocaína provocaba paro cardíaco y con ello, la muerte. En algún momento dejó de atender el teléfono. Cuando llegamos ahí una vecina nos dijo que los habían recogido 25 minutos antes. Caímos en cuenta que no sabíamos a donde se dirigían. Justo antes de desesperarnos, se nos ocurrió llamar a los bomberos y preguntar a dónde los llevaban. Iban al Psiquiátrico de Sebucán que, según nos dijeron, era un centro especializado en desintoxicación. Enfilamos rumbo hacia allá mientras caía la noche. En el Psiquiátrico nos recibió una paz absoluta. Parecía que estaba vacío. Encontramos a dos doctores fumando en la puerta del edificio, a la ambulancia fuera de servicio (sólo trabajaba de día) y una completa ausencia de enfermas. Adentro, mi primo lloraba desconsolado. Su alivio fue increíble cuando nos vio. No sabía que haríamos el esfuerzo de localizarlo. La mirada extraviada de mi primo me perturbó profundamente. Al parecer, tenía tres días consumiendo y, en aquella clínica, no tenían ni siquiera suero. Sin chequearlo lo habían remitido a Coche. Intentando mantener la calma, nos sentamos todos en unos bancos fríos de madera a pensar en el siguiente movimiento. Mi primo anunció que veía todo de colores y que sentía que se iba a desmayar. Pasamos del pensamiento a la acción: lo montamos en el carro y empezamos a manejar. Una hora más tarde una doctora nos diría que le salvamos la vida por comprarle Pedialite en una farmacia en el camino. Mientras él tomaba su suero sabor cereza mi mamá volvía a manejar a toda velocidad, hacia el único lugar donde nos aseguraron que lo atenderían. Nos tomó media hora llegar a Salud Chacao. En el trayecto yo no podía dejar de sentir, simultáneamente, rabia y compasión, no puedo aceptar con facilidad que alguien atente contra su vida de esa manera. Comiéndonos una larga flecha llegamos a la sede de Salud Chacao en la Av. Libertador. Habían pasado 3 horas desde la primera llamada. Dirigimos a mi primo hasta la recepción y una doctora joven lo atendió con prontitud. Tuve que quedarme presente porque no respondía coherentemente las preguntas que se le hacían. Lo llevaron a una camilla y lo trataron. Ni siquiera preguntaron si vivíamos en el municipio, teníamos una emergencia y ellos se hicieron cargo. Pasé la siguiente hora en la sala de espera. Sentada junto a mi mamá, estaba demasiado aturdida para llorar, demasiado impactada para tener emociones. Sentía que habían pasado siglos desde esa llamada. La doctora nos llamó y nos explicó la situación: estaba estable pero era muy posible, dado la gran cantidad de coca que había ingerido, que tuviera problemas cardíacos irreversibles. Eso casi logró quebrarme. En aquel punto me pidieron que saliera de la oficina y me fui a hacerle compañía. Tendido en una camilla, como otros ocho pacientes, recibía vía intravenosa dos medicamentos y suero. Tenía las venas de los ojos dilatadas y unas enormes ojeras rojas. Aún estaba drogado. Afirmó, ahora más sereno, que casi se muere. Me contuve para no llorar del alivio: sabía que aquellos cuidados gratuitos, que le dispensaban, lo habían salvado. Volví a la sala de espera. Mientras tanto, a él le hicieron un ecosonograma para descartar daño cardiaco. Las pruebas estaban dentro de lo normal. Eran las nueve de la noche: habían trascurrido, en lo que a mí me pareció una eternidad, sólo cuatro horas. Mientras esperaba que lo dieran de alta, entendí de pronto lo que era evidente: era demasiado fácil morirse en esta ciudad, por falta de atención médica.
-Bienvenidos sean todoos y todaas a esta nueva edición de… ¡Si yo fuera presidente! -dijo Fernando Correa, como presentación del programa de concursos que conducía, desde hace un año, en la televisora canal 7. -Esta noche tenemos participantes muy especiales. Francisco Hernández, de Delta Amacuro. (Aplausos). María del Carmen Rojas, de Caracas. (Más Aplausos). Gabriel Da Conceicao, de Valencia. (Aplausos de nuevo). Y María Antonieta Pernachio, de Puerto la Cruz. (Aplausos). Comenzó el juego. La primera ronda era sencilla: tenían que enunciar la forma de llevar a cabo, efectivamente, tres promesas electorales. Un participante con la peor respuesta, sería eliminado. En una enorme pantalla aparecieron tres frases: 1. Disminuir el número de delitos en el país 2. Mejorar el seguro social 3. Mejorar la educación pública Tendrían 2 minutos para pensar sus respuestas. Correa leyó las frases y dijo la palabra mágica: ¡Tiempo! Acompañados por una música que imitaba el Tic-Tac del reloj, los cuatro participantes escribían frenéticamente en pequeñas pizarras. El grupo de expertos que juzgaría las repuestas, sentado un poco más allá, esperaba ansioso que se agotaran los dos minutos. Una alarma indicó que se acabó el tiempo. Sudando frío, Francisco explicó sus propuestas: -Yo aumentaría el número de policías en todos los rincones del país, de esa forma, los ciudadanos estarían mejor cuidados; le subiría el sueldo a los médicos y enfermeras de los hospitales públicos, y le daría medicinas y cosas que necesitan para tratar a los pacientes. Por último, haría un plan para poner las escuelas y liceos en buen estado y contrataría más y mejores profesores. –Una lluvia de aplausos siguió a su respuesta. Le siguió María del Carmen. Yo le enseñaría a la gente que robar y matar es malo, haría más hospitales, y pondría más pupitres para que más niños pudieran estudiar. –Dijo ella, seguida de aplausos. Gabriel fue el tercero. Yo le daría más armas a la gente buena, de forma que evite que la mala cometa delitos. Haría más grande los hospitales para que quepa más gente enferma, y haría todos los colegios de monjas, que son las mejores profesoras -Propuso él, mientras recibía aplausos del público. María Antonieta fue la última. La verdad no se le había ocurrido gran cosa. Titubió mientras decía: le daría más dinero a la gente para que no tuviera que robar, daría más vacunas para que la gente no se enfermara tanto, y financiaría que más niños fueran a colegios privados. –Los aplausos fueron escasos Correa dijo de pronto: -Y ahora, vamos a comerciales mientras el jurado delibera. No se muevan de ahí que pronto volvemos con ¡Si yo fuera Presidente!, patrocinado por pollos T, ¡el pollo tofu es su mejor opción! Los expertos meditaron, no les fue difícil identificar quién se quedaría por fuera. -Bienvenidos de vuelta a nuestro programa. Hemos terminado la primera ronda y el jurado ha tomado una decisión. Ahora sólo dos participantes seguirán jugando. –Apenas terminó Correa de hablar, la tensión aumentó. Una mujer en sus veintes le entregó una bandeja de plata con un sobre que contenía el veredicto. Correa lo habló, y luego de hacer un sobreactuado gesto, dijo: -Seguirán jugando... ¡María del Carmen!…y…-Una música prefabricada para crear dramatismo inundó el ambiente- ¡Francisco! Lo siento María Antonieta y Gabriel, pero no pasan a la siguiente ronda. -Ahora –anunció Fernando- es hora de pasar a la segunda ronda. Cada participante pasará a una sala donde deberá resolver un grave conflicto nacional con ayuda de ministros y altos funcionarios. Tendrán cinco minutos para hacerlo. –Los participantes corrieron a colocarse cada uno en las mesas que le correspondían, tuvieron un par de minutos para entender la situación que tenían que solucionar. María del Carmen se enfrentó a una inundación. Había llovido por dos días en el país y tenía que encontrar la forma de salvar a la mayor cantidad de gente y de contrarrestar los efectos. Decidió mandar una cantidad enorme de balsas a todo el país para salvar a la gente y mandar a construir casas de bahareque para todos los damnificados. El pueblo silbó para expresar su aprobación. Francisco debía encargarse de un terremoto. Un temblor de 8,5 grados había azotado a todo el país. Lo daños eran catastróficos y el gobierno no sabía si no se repetiría. El decidió mandar a todos los bomberos, paramédicos, policías y doctores a el operativo de rescate más grande de nuestra historia. Le compró a los supermercados comida y colchones a las tiendas, habilitó cada edificio del gobierno en buen estado para recibir a los afectados y le pagó a los hospitales privados para recibir a las víctimas. El público aplaudió de pie. Una vez cumplido el tiempo Correa anuncia los resultados de cada uno. Ahora, los expertos deliberaran otra vez. Sólo uno de los participantes pasará a la ronda suicida. Si la completa, ganará un millón de bolívares flacos. –Anunció con falsa emoción. El jurado ha observado el proceso de cada concursante y ha llegado a una decisión. No pasan a la siguiente ronda… ¡María del Carmen!, lo siento María. Felicitaciones a Francisco de Delta Amacuro. –El público se volvió loco. Para la ronda suicida, Francisco tendrá que convencernos, en un minuto, de por qué él debería ser presidente –Explicó Correa. Con un micrófono en la mano, Francisco dijo: Lo único que quiero es encontrar buenas soluciones a los problemas que nos afectan, que vivamos mejor, que tengamos calidad de vida, buena educación y salud, seguridad. Que todos ustedes sientan que su gobierno los cuida y trabaja todos los días para hacer de éste, un país mejor. El público aplaudió parado durante cinco minutos, mientras él era llevado tras bambalinas. Dos minutos después se le declaró ganador del concurso pero Francisco había desaparecido.
Una cámara de vigilancia reveló lo sucedido. Dos hombres vestidos de fucsia obligaron a Francisco a entrar en una camioneta amarillo pollito que esperaba en la salida trasera del canal. La placa del vehículo rezaba “de uso oficial”.
El noticiero de las doce anunció rumores que todos conocían: el ganador de Si yo fuera presidente era el nuevo asesor del primer mandatario nacional.
En un viejo tocadiscos suena una canción olvidada. Un señor entrado en años apoya el codo en el mostrador de su sastrería, que ha estado en el mismo sitio desde la época de Medina Angarita. Tararea gustoso un bolero de la Billo`s que lo trasporta a otros tiempos, mientras evoca aquellos lugares que tanto amó y que ya no existen. Aquellos espacios de Caracas que marcaron pauta. Escucha “Sueño de Caracas” y en sus ojos brilla la juventud ya pasada. Con profunda nostalgia, relata a quien quiera escucharlo la historia de todo aquello que se desvaneció en el tiempo. Especialmente, la de un restaurant que “se ha ido ya”: el “Jaime Vivas”. Sus manos, aún firmes para cortar la tela, quisieran pintar a los visitantes aquel local de comida criolla que se encontraba diagonal a la Clínica Razetti, al final del Puente República. A medida que avanza la canción desteje el hilo de sus memorias. Ahora tiene treinta años y llega hambriento a comer en Jaime Vivas. Se sienta con agrado en los muebles de madera rústica que pueblan el lugar. Va acompañado de sus amigos y deciden comenzar tomando, como es costumbre, una cerveza bien fría. El servicio de los mesoneros es impecable, y en un segundo revisa la carta con verdadero gusto. Mondongo, sopa de gallina con apio, como no existe en toda la ciudad, y el mejor bistec encebollado, con las cebollas doraditas, constituyen una oferta que le hace agua la boca. Se decide por el bistec, mientras piensa que no hay, en toda Caracas, un lugar que tenga un sabor y una sazón como el de aquel pequeño local. La comida preparada en ollas enormes se sirve en una vajilla muy simple. Llega calientita a la mesa con su aroma inconfundible y, en una época que antecede al televisor, con la radio apagada y sin música ambiental, la conversación ocupa los espacios entre cada bocado. Ríe con sus compañeros, feliz, en un ambiente de informalidad que surge de los manteles individuales de papel, y se pasea entre los comensales que prescinden del traje y la corbata. Terminado el plato fuerte pide su postre: dulces criollos de verdadera tradición. El quesillo y el dulce de lechosa son maravillosos, y combinan perfecto con un café negro o un guayoyo. El reloj señala que es casi medianoche y el lugar está más vivo que nunca. A su alrededor conviven gente del Country Club, que llega a comer luego de una elegante fiesta, los trabajadores cansados y los camioneros que le sacan la masa a las arepas para echarla en el mondongo. Como en ningún otro sitio, se llevan perfectamente. A pesar de la hora sigue llegando muchísima gente y eso impide la sobremesa. Los caraqueños hambrientos copan la barra y esperan con impaciencia una mesa. No es de extrañar la popularidad del restaurant, pues nada hay que se le compare, pues es el único que sirve comida especial y deliciosa que rinde tributo a la tradición culinaria de estas tierras. Se despide familiarmente del amable y siempre presente dueño, Jaime Vivas, de los mesoneros, y hasta de otros clientes: el público cautivo de aquel lugar forma una gran familia de muchos años. Se escuchan los últimos compases de la canción y la sonrisa del sastre se desvanece de pronto. Comenta que, según dicen los rumores, en algún momento murió Jaime y con él su restaurante. De pronto, todo aquello se hizo recuerdo y aquel sitio maravilloso se convirtió en un Burger King de asientos azules y comida plástica. Le da la vuelta al disco y la canción vuelve a empezar. Ahora un local en Sabana Grande intenta imitarlo, pero no es lo mismo -expresa él, al tiempo que niega con la cabeza. Mientras la Billo`s afirma que “se me ha ido mi ciudad”, el sastre derrama unas cuantas lágrimas por Jaime Vivas que fue, más que un restaurant, un ambiente abierto y sencillo. En su corazón aquel señor aún siente el llamado de sus platos y piensa, dolido, que “Han cambiado mi Caracas compañero” y con Jaime se ha ido, para siempre, un sueño caraqueño.
Cualquier parecido con la realidad...es pura coincidencia!
Cartas Suicidas
Último Acto “Tomé el guión con manos indecisas, sabía perfectamente lo que diría: yo lo había escrito. Recorrí una a una las páginas leyendo las intervenciones de Rafael, mi personaje. A medida que me acercaba al final rememoraba con detalle todos los seres que había creado con mi pluma, y a todos aquéllos que me habían poseído en los escenarios durante fugaces noches. Quedaban tan sólo algunas páginas, muy pocas, para el gran final de mi obra biográfica. Los amores, el éxito, el reconocimiento, la fama, la familia, los premios, la soledad, el principio y el final de mi vida artística, se mezclaron en un torbellino, y la última página del guión me alcanzó sin poderloevitar”, dijo Francisco Cabrera desde las tablas, en el instante mismo en que se derrumbó en el escenario. El público aplaudía esperando que bajara el telón. Fue sólo minutos más tarde, mientras Cabrera permanecía aún inmóvil sobre el escenario, que, en el máximo estupor del que éramos capaces, entendimos dolorosamente lo que estaba sucediendo: aquel monólogo final resultaron ser sus últimas palabras, y el guión de la obra que aún yacía junto a él, abierto en la última página, su carta suicida.
Suicidarse no es una de ellas Hay cosas fáciles de hacer en esta vida: suicidarse no es una de ellas. Que te lo digo yo que lo he intentado de todas las formas y aún sigo viva, viva como para escribir esto que tienes en tus manos. Durante mis treinta y dos años de existencia he logrado todo lo que me he propuesto, he viajado por todo el mundo, estudiado las carreras más complicadas, incluso, permanecí un año en completo aislamiento en la cima de una montaña del Tibet. Y ahora, justo ahora, que me he propuesto suicidarme, simplemente, no puedo. He decidido intentarlo por última vez: contraté a un piloto temerario para que me lleve a dos mil metros de altura, desde donde brincaré del avión, sin paracaídas, sobre la Francisco de Miranda. Si tú, quien quiera que seas, encontraste esta carta, amarrada al ladrillo que tiraré mientras desciendo, has de saber que dejo en tus manos el deber de revelar al mundo que yo, Valentina Hernández, por fin logré mi objetivo.
Este es un cuento basado en una historia real, los nombres han sido cambiados, y los detalles son producto de mi fantasía. ¿Es este el país que queremos?¿De verdad nos hemos convertido en esto?
A punta de escopeta
Desperté sobresaltada, el reloj marcaba que eran pasada la una de la mañana y un ruido desacostumbrado y repetitivo me había sacado de mi profundo sueño. Me tomó un par de minutos darme cuenta que aquel ruido provenía de mis mascotas: cinco perros, todos de razas diferentes, que ladraban con ferocidad. Me limité a abrir la ventana y gritarles con voz autoritaria que hicieran silencio. Lo único que logré fue que ladraran con más fuerza. Lo que sucedía afuera, según supe después, era otra historia. Los perros habían percibido varios cuerpos que, inmóviles, esperaban en la oscuridad. Cuerpos expectantes que sudaban adrenalina. Eso olían los perros, llevándolos a ladrar con toda la potencia de la que eran capaces, desesperados por hacernos saber que había dos hombres dentro de nuestra pickup y tres más escondidos entre los árboles que bordeaban la calle, armados con escopetas. Nunca me perdonaré no haberlos tomado en serio. La verdad es que los ignoré y en pocos minutos dormía profundamente. Algo me despertó: sonaba el teléfono. La voz entrecortada de mi vecino me relató algo tan inverosímil que incluso me pregunté si no estaría soñando. Más que un sueño, era una pesadilla. Mi vecino y amigo, Alfonso, es una persona normalmente fría y de temperamento calmado, que ahora me pedía, al borde del llanto, que lo ayudara porque algo terrible había sucedido. Me vestí rápidamente y salí a la calle. Ahora, frente a frente con Alfonso, su historia tomó forma y se hizo real: habían secuestrado a su hijo. Recordé en una fracción de segundo todos los años que tenía conociendo a aquel chamo, ahora un adolescente de dieciséis años. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el celular de Alfonso que sonaba. Atendió. -¿Aló? -Tiene una hora para conseguir quinientos millones o matamos a su hijo. Lo seguiremos llamando. Soy psicóloga, pero no hace falta tener un diploma para entender la profunda desesperación que embargaba a mi amigo. Lo tranquilicé. A estas alturas la urbanización entera estaba despierta. Comenzó un operativo tenso, veloz, y plagado de terror, para reunir la mayor cantidad posible de dinero. El celular volvió a sonar. Alfonso estaba fuera de sí. Me valí de mis conocimientos y lo guié a través de la segunda conversación con los secuestradores. Buscábamos apaciguarlos. -¿Sí? -Quedan cuarenta minutos. Quinientos millones. -Lo que quieran con tal de que no lo lastimen. -Eso depende únicamente de que nos pague. -Lo haré. Trancaron. La tensión crecía, pasaba el tiempo y no estábamos ni cerca de reunir la suma acordada. Los secuestradores siguieron llamando, cada diez minutos, para recordarnos que el tiempo se acaba. -Tic Tac. Quedan veinte minutos. La vida de su hijo depende de usted Se acabó el tiempo. De alguna manera el dinero recogido sumaba cien millones. Temblábamos de pánico en espera de la próxima llamada. El silencio tenso en que nos habíamos sumido fue roto por un sonido que ya se nos hacía familiar. -¿Tiene el dinero? -Tengo cien millones -Eso no es suficiente -Es todo lo que pude conseguir, es mucha plata–dijo Alfonso, repitiendo las palabras que yo le susurraba. -Está bien. Móntese en el carro. Mantenga el celular prendido y lo iremos guiando. Venga solo, si llama a la policía o intenta alguna trampa, le pego un tiro a su hijo. Alfonso obedeció sin pensarlo dos veces, prendió el carro y salió de la urbanización. Me contaría luego que aquellos hombres lo guiaron a través de toda la zona, haciéndolo cruzar una y mil veces, atravesando callejones solitarios, hasta hacerlo perder el sentido de orientación. Finalmente, le indicaron que se parara en la próxima esquina, que se bajara del carro y que colocara el dinero en el piso. De la oscuridad salió una figura que tomó el paquete, y corriendo desde el final de la calle, su hijo. Pasé los siguientes días desconectada de la realidad, temerosa, frágil. La tranquilidad que me permitía dormir cada noche había sido secuestrada, entre ladridos, a punta de escopeta.